Episodios nacionales para ninos

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Continuaron después de esto los sufrimientos ocasionados por la escasez de víveres. La carne de caballo era un regalo en ciertos días; en otros, los aldeanos que lograban introducir nabos, coles o algún conejo eran recibidos en palmitas. La señora Sumta, que andaba por las calles y fortificaciones, canana al cinto y fusil al hombro, recogía lo mejor que encontraba para llevarlo a la niña Nomdedéu; yo me acordaba de Siseta y mis chicos siempre que al alcance de mi mano y de mi pobre bolsillo veía cosa comestible, siquiera fuese un hueso mal guarnecido de carne, un puñado de nueces fallidas o un trozo de pan negro y correoso.

Así pasaban días y días, y a los males propios del sitio se unió el rigor de la calurosa estación para hacemos más penosa la vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales. ¡Qué mes de agosto, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente haciendo fuego, porque la cortedad de la guarnición no permitía relevos, además de que el Gobernador, como enemigo del descanso, no nos dejaba descabezar un mal sueño. Allí no dormían más que los muertos.


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