Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Pero con la desbandada del numeroso ejército no abandonaron el campo todos los combatientes; no: allí, enfrente de mí, arrastrando por el suelo su panza formidable, estaba uno, el más grande, el más fuerte, ¿por qué no decirlo?, el más hermoso de todos, fijando en mí el chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la resbaladiza cola, escamosa y parduzca.
«¡Ah, eres tú, Napoleón! —exclamé en voz alta como si el terrible animal entendiese mis palabras—. Ya te reconozco. Eres el mayor y el más fuerte de todos… Infame, tu corpulencia y tu saber profundo te han dado el imperio».
Corrí hacia él; pero se escurrió ligeramente y le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la larga bodega. En un rincón de la última crujía había un tonel de los que llaman tercerolas, en pie, tapado con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena. Cierto vago rumor que de allí salía me hizo fijar la atención… La boca del tonel estaba de frente. Por dicha boca apareció un dedo; después, dos. En el mismo momento una voz infantil y cavernosa llegó a mis oídos diciendo: