Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos La separación era, por el implacable rigor francés, absolutamente inevitable. Despidiéndonos con ánimo sereno, el General nos dijo que renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa nacional, y que, aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba con aquella idea. Recomendónos la prudencia, la conformidad, la resignación, y él mismo dio a sus conductores la orden de partir, para poner pronto fin a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el nuestro. El cupé partió a escape, y nos quedamos en Francia, sujetados por los gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir las demostraciones de nuestra ira. Seguimos desesperados y con los ojos llenos de lágrimas el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y cuando dejamos de verle, uno de los ayudantes, bramando de ira, exclamó:
—Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie lo vea.
¿Sucedió lo que temíamos? ¿Murió el general Alvarez en el castillo de Figueras? ¿Quién cortó aquella vida? ¿Dios o Francia? ¿La Historia no ha puesto en claro esta enorme y pavorosa cuestión?
Expiró Alvarez en su cárcel, sin que se diera explicación facultativa de aquel paso de este mundo al otro. El cadáver fue expuesto en unas parihuelas a la vista del pueblo del gran hombre muerto.