Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Os diré que en aquellas calendas era yo capitán, y que mi buena conducta, ¿por qué no he de decirlo?, me daba derecho a esperar nuevos adelantos en mi carrera. Sabed también que al ser trasladado a la guarnición de Cádiz reanudé antiguas amistades, y una de las personas que más se complacieron en verme y tratarme fue aquella doña Flora de Cisniega, señora cultísima, un poco manida y harto emperegilada, que os di a conocer en mi relato de Trafalgar. Su amabilidad, que ya me distinguió de niño, fue más obsequiosa, pero más reservada, viéndome en el estado de florida juventud. Prodigaba, pues, al hombre sus finezas dentro del decoro más exquisito. Y como yo había subido rápidamente en la escala social, adquiriendo modales y expresión de persona correcta y bien educada, fui admitido en las tertulias de la discreta señora, que diariamente reunía en su casa lo más selecto de la sociedad española, atrayendo con singular predilección a los hombres más ilustres en letras. Allí tuve la gran honra de ver y oír a Martínez de la Rosa, Quintana, Toreno, Gallardo, Gallego, Arriaza, Xérica y otros que en diferentes grados de celebridad han quedado en la Historia. También tuve el gusto de codearme con los primeros políticos de la brillante hornada del XIX, con los fundadores, con los padres de la inmensa criatura parlamentaria. Eran grandes, fuertes, ingenuos; inteligencias poderosas llamadas por los prohombres a la dirección de los pueblos. Grabad sus nombres en vuestra memoria: García Herreros, Ruiz Padrón, Argüelles, Inguanzo, Muñoz Torrero… Algunos eran curas.