Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Aunque mis deberes militares y mi escaso entender de política me apartaban de San Felipe, con los ilustres varones constituyentes tenía yo bastante contacto en casa de la discreta doña Flora. Pero, válgame la verdad, mi afecto y simpatía íbanse del lado de los escritores y poetas, por puro platonismo y gusto de admirar, sin que me alentara la menor comezón de meterme a literato. Gustaba tan sólo de traer a mi espíritu las flores de la poesía, y de plática con los jardineros que gloriosamente las cultivaban. La amistad con que me honraron Martínez de la Rosa y Quintana vino a ser orgullo de toda mi vida.
Yo no estaba ya en Cádiz cuando los padres de la patria terminaron la grande obra de la Constitución, la primogénita de la serie que nos concedieron el Tiempo y la Historia en el curso del borrascoso siglo, más que todas sus hermanas adorada y bendecida, tanto como ellas zarandeada y maltrecha. Fue la del 12 una Constitución sincera, generosa y un poquito infantil, como hechura de los que eran sabios en cosas teóricas y niños en las prácticas. Tenía un brazo político demasiado ágil, y un brazo religioso completamente paralizado. En alguno de sus mandatos parecía un catecismo, porque ordenaba a los españoles que fuésemos justos y benéficos, revelando su filiación, por parte de madre, con el Catolicismo Romano, así como por parte de padre dejaba traslucir su parentesco con la Revolución francesa.