Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Rendido el «Bucentauro», todo el fuego enemigo se dirigió contra nuestro navío, cuya pérdida era ya segura. El entusiasmo de los primeros momentos se había apagado en mí y mi corazón se llenó de un terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones de mi espíritu, excepto la curiosidad. Ésta era tan irresistible que me obligó a salir a los sitios de mayor peligro. De poco servía ya mi escaso auxilio, pues ni aún se trasladaban los heridos a la enfermería y las piezas exigían el servicio de cuantos conservaban un poco de fuerza. Entre éstos vi a Marcial, que se multiplicaba gritando y moviéndose conforme a su poca agilidad. Un astillazo le había herido en la cabeza y la sangre, tiñéndole la cara, le daba horrible aspecto. Yo le vi agitar sus labios, bebiendo aquel líquido y luego lo escupía con furia fuera del portalón, como si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos.
Lo que más me asombraba, causándome cierto espanto, era que Marcial, aun en aquella escena de desolación, profería frases de buen humor, no sé si por alentar a sus decaídos compañeros o porque de este modo acostumbraba alentarse a si mismo.
Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo:
—Muchachos, vengan las hachas. Metamos este mueble en la alcoba.