Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Fortunata no chistó. Aquella revelación le había dejado tan atontada, cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza.
Jacinta… ¡Jesús!… El modelito, el ángel, la mona de Dios… ¿Qué diría Guillermina, la obispa, empeñada en convertir a la gente y en ver la que peca y la que no peca?… ¿Qué diría?… ja, ja, ja… ¡Ya no había virtud! ¡Ya no había más ley que el amor!… ¡Ya podía ella alzar su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y abrumara. Ya Dios las había hecho a todas iguales… para poderlas perdonar a todas.