Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Si esos catalanes no fabrican más que adefesios —decía Arnáiz entre tos y tos—, y reparten dividendos de sesenta por ciento a los accionistas…
—¡Dale!, ya pareció aquello —respondía D. Baldomero—. Pues yo te probaré…
Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque Doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de Bonifacio Arnáiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los Arnáiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común, la savia de los Trujillos. «Todos somos unos —dijo alguna vez el gordo en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades democráticas—, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos netos, de patente; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón Trujillo…, ya sabéis que me le han hecho conde…, le he dicho que adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga: Pertenecí a Babieca…».
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