Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—Plácido —gritó Jacinta riéndose con mucha gana—, es el que nos ha traído la suerte.

—Pero si yo… —murmuró otra vez Estupiñá, en cuyo espíritu las nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de contrabando.

—Pero tonto… ¡cómo tendrás esa cabeza —dijo Barbarita con mucho fuego—, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la lotería!

—Yo… cuando usted lo dice… En fin… La verdad, mi cabeza anda, talmente, así un poco ida…

Se me figura que Estupiñá llegó a creer a pie juntillas que había dado el escudo.

—¡Cuando yo decía que el número era de los más bonitos…! —manifestó D. Baldomero con orgullo—. En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la corazonada.

—Como bonito… —agregó Estupiñá—, no hay duda que lo es.

—Si tenía que salir, eso bien lo veía yo —afirmó Samaniego con esa convicción que es resultado del gozo—. ¡Tres cuatros seguidos, después un cero, y acabar con un ocho…! Tenía que salir.


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