Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el espacio de dos o tres narices.
—¡Qué bien me encuentro ahora! —le dijo con dulzura—. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah! La gran lotería es la que me ha tocado a mí. Tú eres mi premio gordo. ¡Qué buena eres!
—¿Te duele la cabeza?
—No me duele nada. Estoy bien; pero me he desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A ver dime a dónde fuiste esta mañana.
—A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.
—Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste? —Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy chusco—. ¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?
—Me río de ti… ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María! Todo lo quieren saber.
—Claro, y tenemos derecho a ello.
—No puede una salir a compras…
—Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede ser. Tú no has ido a compras.
—Que sí.
—¿Y qué has comprado?