Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—Mira que te estrello… Verás la azotaina que te vas a llevar… ¡Y qué gordo está el tunante!, parece mentira…

—Quelo un batón… ¡Hostia!

—¿Un bastón?… También te lo compramos, hijo, si te estás calladito… A ver, dónde encontraremos bastones ahora…

—Buena falta le hace —dijo Guillermina—, y de los de acebuche, que escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso.

De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se dejó caer fatigadísima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al Pituso le depositó Guillermina sobre un voluminoso fardo que contenía… ¡Mil onzas!

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