Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Después empezaron a vestirle. Una le ponía las medias, otra le entraba una camisa finísima. Al sentir la molestia del vestir volvióle el mal humor, y trajéronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor propio y la presunción acallaban su displicencia.
—Ahora, a cenar… ¿Tienes ganita?
El Pituso abría una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la medida aproximada de su gana de comer.
—Ay, ¡qué ganitas tiene el niño! Verás… Vas a comer cosas ricas…
—¡Patata! —gritó con ardor famélico.
—¿Qué patatas, hombre? Mazapán, sopa de almendra…
—¡Patata, hostia! —repitió él pataleando.
—Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras.
Ya estaba vestido. La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los niños de Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenían su nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, después parecía que se alegraban; por fin determináronse los sentimientos de recelo y suspicacia. La familia menuda de aquella casa se componía de cinco cabezas, dos niñas grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramón, y los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones.