Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y sabÃa sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedó algo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no querÃa maldita cosa al chico de Santa Cruz… Lo iba a decir; pero la cara de su madre parecióle de madera. Vio en aquel entrecejo la lÃnea corta y sin curvas, la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué miedo! Bien conoció que su madre se habÃa de poner como una leona, si ella se salÃa con la inocentada de querer más o menos. Callóse, pues, como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel dÃa y los subsiguientes sobre el mismo tema del casorio, respondÃa con signos y palabras de humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cual encontraba a la vez pena y consuelo. No sabÃa lo que era amor; tan sólo lo sospechaba. Verdad que no querÃa a su novio; pero tampoco querÃa a otro. En caso de querer a alguno, este alguno podÃa ser aquél.