Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Las velas no se comen, no. Son para encenderlas… Veréis qué pronto aprende él todas las cosas… Si creeréis que no tiene talento.
—No hay medio de hacerle comer más que con las manos —apuntó Benigna riendo.
—Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa…? Si en su vida ha visto él un tenedor… Pero ya aprenderá… ¿No observas lo listo que es?
Villuendas entró con las figuras.
—Vaya, a ver si éstas se salvan de la guillotina.
Mirábalas el Pituso sonriendo con malicia, y los demás niños se apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella mientras en la casa estaba… Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las personas que le rodean, y se adhiere a él y le mima y acaricia.