Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil.
—Pillo, ven acá; eso no se hace —gritó Jacinta corriendo a sujetarle.
Una cosa agradaba mucho a la joven. Juanín no obedecía a nadie más que a ella. Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo su movimiento de ataque.
—Ya me conoce —pensaba ella—. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de veras… Ya, ya le educaré yo como es debido.
Lo más particular fue que cuando se despidió, el Pituso quería irse con ella.
—Volveré, hijo de mi alma, volveré… ¿Veis cómo me quiere? ¿Lo veis?… Conque portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo, no le quiero yo…
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