Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—¡Cuidado que es desgracia! —repitió la señora de Santa Cruz dando un gran suspiro—, ¡las tiendas cerradas hoy!… Porque es preciso comprarle ropita, mucha ropita… Hay en casa de Sobrino unas medidas de colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad… Ángel, ven, ven con tu abuelita… ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo.

—Ya lo creo… —indicó Jacinta con orgullo—. Pero no; él es bueno ¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?

Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo dicho dicho: aquella misma noche hablarían las dos a sus respectivos maridos.

Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a decirle nada, reservándose para el día siguiente. Tenía bien preparado todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el cuarto de su hijo cuando éste se acababa de levantar, y ambos estuvieron allí encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de Barbarita no tenían nada de lisonjeras:


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