Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin accedió a ello.
—Mañana —dijo ella— irás conmigo a verle.
—A quién… ¿Al chiquillo de Nicolasa?… ¡Yo!
—Aunque no sea más que por curiosidad… Considéralo como una compra que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no querrías verlo?
—Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana… Y bien podría, que este encierro me va cargando ya.
Acostóse Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo dormía. Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír. ¡Qué cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También pensó mucho en el Pituso. «Se me figura que ahora le quiero más. ¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse…! Pero si yo me confirmo en que se parece… ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión? No me vengan a mí con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando se ríe…, aquel entrecejo…». Y así estuvo hasta muy tarde.