Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—Pero vosotros, tontainas, ¿no veíais lo que estaba haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después reíros y armar estos alborotos?

—Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de tigre —dijo Benigna, entrando muy soliviantada—. ¡Virgen del Carmen, mi bandeja de arroz con leche!

Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.

—Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis —díjoles la tiíta, que en alguien tenía que descargar su enfado.

—Tú le tienes que lavar —manifestó Benigna, sin cejar en su cólera—, tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!

—Bueno, mujer, le lavaré. No te apures.

—Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los míos… Y nada más.

—Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.

Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.

—Bien, bien por los hombres bravos —gritó Juan en presencia de la fiera—. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho.


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