Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy día de Inocentes. Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del dinero no hubiera suelto.
—Tomad —dijo Benigna a los niños—; vuestro tiíto os convida a dulces.
—Para inocentadas —indicó Juan riendo—, la que nos ha querido dar mi mujer.
—A mí no —replicó Benigna—. Aquí hemos hablado mucho de esto, y la verdad, él podría ser auténtico; pero la tostada del parecido no la encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la familia…, yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de casa. Bastantes jaquecas me dan las mías.
Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más. Ya decidirían.
Cosas muy crueles había de oír Jacinta aquel día, pero de cuanto oyó nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras que Barbarita le dijo al oído:
—Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en cuanto al parecido… Hablando con franqueza, hija; no se parece nada, pero nada.
Era lo que le quedaba por oír a Jacinta.