Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—Aquí hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a las tiendas, y… aquí tienes: medias de color, un traje de punto, azul, a estilo inglés. Mira la gorra que dice Numancia. Éste es un capricho que yo tenía. Estará saladísimo. Te juro que si no le veo con el letrero en la frente, voy a tener un disgusto.

Jacinta oyó y vio esto con melancolía.

—¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana! —dijo; y contó el lance del arroz con leche.

—¡Ay, Dios mío, qué gracioso!… Es para comérselo… Yo, te digo la verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les gustan estos tapujos… ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una gran desgracia para todos que tú no nos des algo.

A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se han clavado bien.

—Pues sí, esta casa es muy… muy sosona. Le falta una criatura que chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados. Cuando le hablo de esto a Baldomero, se ríe de mí; pero bien se le conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, con los chicos a la pela.


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