Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Una noche que hacÃa mucho frÃo, entró el DelfÃn en su casa no muy tarde, en un estado lamentable. Se sentÃa mal, sin poder precisar lo que era. Dejóse caer en un sillón y se inclinó de un lado con muestras de intensÃsimo dolor. Acudió a él su amante esposa, muy asustada de verle asà y de oÃr los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, junto con una expresión fea que se perdona fácilmente a los hombres que padecen.
—¿Qué tienes, nenito?
El DelfÃn se oprimÃa con la mano el costado izquierdo. Al pronto creyó Jacinta que a su marido le habÃan pegado una puñalada. Dio un grito…, miró; no tenÃa sangre…
—¡Ah! ¿Es que te duele?… ¡Pobrecito niño! Eso será frÃo… Espérate, te pondré una bayeta caliente…, te daremos friegas con… con árnica…