Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Chiquilla, ¿me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo.
Papitos cogió la mano del almirez, haciendo el ademán de machacar al señorito la cabeza.
—Vamos, niña, estate quieta. Mira que le cuento todo a la tía. Me encargó que tuviera cuidado contigo, y que si te movías de la cocina, te diera dos coscorrones.
Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.
—Y yo le diré —replicó—, yo le diré lo que hace… el muy trapisondista…
Maximiliano se estremeció.
—Tonta, ¿qué es lo que yo hago?… —dijo sorteando su turbación.
—Encerrarse en su cuarto, ¡ay olé! ¡Ay olé!… Para que nadie le vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave… ¡Ay olé! ¡Ay olé!…
—¿Qué?
—Escribiéndole cartas a la novia.
—Mentira… ¿Yo…? Quita allá, enredadora…
Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la llave, tapó el agujero con un pañuelo.
«Ella no mirará, pero por si se le ocurre…».