Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos, cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito:
—¡Grandísimo pillo!… Pero tente boca. Quédese esto para mañana… A dormir se ha dicho.
No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía. Su imaginación agrandaba a veces el conflicto haciéndolo tan hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reducía a proporciones menudas. «¿Y qué, señora tía, y qué? —decía alzando los hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie—. He conocido una mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta… Pues estamos frescos… ¿Soy yo alguna máquina?… ¿No tengo mi libre albedrío?… ¿Qué se ha figurado usted de mí?». A ratos se sentía tan fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la alcoba de su tía, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este jicarazo: «Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se empeña en tratarme como a un chiquillo, yo le probaré a mi familia que soy hombre». Pero se quedó helado al suponer la contestación de su tía, que seguramente sería ésta: «¿Qué habías tú de ser hombre, qué habías de ser…?».