Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta DOÑA LUPE LA DE LOS PAVOS
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Maximiliano no se sentó, Doña Lupe sí, y en el centro del sofá debajo del retrato, como para dar más austeridad al juicio. Repitió el «muy bien, señor D. Maximiliano» con retintín sarcástico. Por lo general, siempre que su tía le daba tratamiento, llamándole señor don, el pobre chico veía la nube del pedrisco sobre su cabeza.
—¡Estarse una matando toda la vida —prosiguió ella—, para sacar adelante al dichoso sobrinito, sortearle las enfermedades a fuerza de mimos y cuidados, darle una carrera quitándome yo el pan de la boca, hacer por él lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que al fin!… ¡Buen pago, bueno!… No, no me expliques nada, si estoy perfectamente informada. Sé quién es esa… dama ilustre con quien te quieres casar. Vamos, que buena doncella te canta… ¿Y creerás que vamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es una chiquillada y no se hable más del asunto.