Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Es menester que usted se entere bien —dijo Maximiliano al sentarse en el sillón, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para empezar—; se entere bien de las cosas… Yo… pensaba hablar a usted…
—¿Y por qué no lo hiciste? ¡Qué tal sería ello!… ¡Vaya, que un chico delicadito como tú, meterse con esas viciosonas!… Y no te quepa duda… Así, pronto entregarás la pelleja. Si caes enfermo, no vengas a que te cuide tu tía, que para eso sí sirvo yo, ¿eh?, para eso sí sirvo, ingrato, tunante… ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti más que una madre; te parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una mujer de mala vida?
Rubín se puso verde y le salió un amargor intensísimo del corazón a los labios.
—No es eso, tía, no es eso —sostuvo, entrando en posesión de sí mismo—. No es mujer de mala vida. La han engañado a usted.
—El que me ha engañado eres tú con tus encogimientos y tus timideces… Pero ahora lo veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que te voy a dejar hacer tu gusto. ¿Por quién me tomas, bobalicón?… ¡Ah, si yo no hubiera tenido tanta confianza!… ¡Pero si he sido una tonta; si me creí que tú no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado, buena. Eres un apunte… en toda la extensión de la palabra.