Fortunata y Jacinta

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—¿Y cómo está la familia? —preguntó al tomar asiento, después de dar su mano siempre sudorosa a Doña Lupe y al sobrino.

—Perfectamente bien —dijo la señora observando con ansiedad el semblante de Torquemada—. ¿Y en casa?

—No hay novedad, a Dios gracias.

Doña Lupe esperaba aquel día noticia de un asunto que le interesaba mucho. Como siempre se ponía en lo peor para que las desgracias no la cogieran desprevenida, pensó, al ver entrar a su agente, que le traía malas nuevas. Temió preguntarle. La cara de militar adulterado no expresaba más que un interés decidido por la familia. Al fin Torquemada, que no gustaba de perder el tiempo, dijo a su amiga:

—Vamos, Doña Lupe, que hoy estamos de buena. ¿A que no me acierta usted la peripecia que le traigo?

La fisonomía de la señora se iluminó, pues sabía que su amigo llamaba peripecia a toda cobranza inesperada. Echóse él a reír, y metió mano al bolsillo interior de su americana.

—¡Ay! No me lo diga usted, D. Francisco —exclamó Doña Lupe con incredulidad, cruzando las manos—. ¿Ha pagado…?


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