La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles
ETÚVEME a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes al martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer mi entrada en la ciudad, insigne maestra de España y de la civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco. A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y recelo, arreando el pollino, y afectando divertir la tristeza del camino con cantares alegres.
No me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que comidos de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar hacerme manifiesto daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan de un modo lastimoso.
—Hermosas hortalizas —dijo en francés un cabo llevando su caballo al mismo paso que mi pollino.
No dije nada, y ni siquiera le miré.
—¡Eh, imbécil! —gritó en lengua híbrida, dándome con su sable en la espalda— ¿llevas esas verduras a Salamanca?
—Sí, señor —respondí afectando toda la estupidez que me era posible.
Un oficial detuvo el paso y ordenó al cabo que comprase toda mi mercancía.
