La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Me parece que os ama, señor marqués —dijo en tono de lisonja y sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero—. Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que lo escribisteis… El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía. Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña delante de mí para darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña está encerrada y el amo cuando duerme, guarda la llave debajo de la almohada… Insistí, prometiendo dos doblones… Entró la muchacha, hizo señas, apareció por un ventanillo una hermosísima figura, que alargó la mano… Subime a un tonel… no era bastante y puse sobre el tonel una silla… ¡Oh, señor marqués! Después de leer el papel me dijo que fueseis al momento y luego como le indicase que necesitabais ver dos letras suyas para creerme, trazó con un pedazo de carbón esto que aquí veis… si he ganado bien mis seis doblones —añadió lisonjeándome con una de esas cortesías que sólo saben hacer los franceses—, vuecencia lo dirá.
El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para conmigo. Tomé el papel y decía: «Ven al instante», trazado en caracteres que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles deben de escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los elegidos, no me hubieran alegrado más.