La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles
NCONTREME frente a Inés que me miraba, confundiendo en sus ojos la expresión de dos sentimientos muy distintos: la alegrÃa y el terror. No se atrevÃa a hablarme; puso violentamente su mano en mi boca cuando quise articular la primera palabra; inundó de lágrimas ardientes mi pecho, y luego, indicándome con movimientos de inquietud que yo no podÃa estar allÃ, me dijo:
—¿Y mi madre?
—Buena… ¿qué digo buena?… medio muerta por tu ausencia… ven al instante… estás en mi poder… ¿Lloras de alegrÃa?
La estreché con vehemente cariño en mis brazos y repetÃ:
—¡SÃgueme al momento… pobrecita!… Te ahogas aquÃ… tanto tiempo buscándote… ¡Huyamos, vida y corazón mÃo!
La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo:
—Márchate tú. Yo no.
Separeme de ella y la miré como se mira un misterio que espanta.
—¿Y mi madre? —repitió ella.
Su voz débil y quejumbrosa apenas se oÃa. Resonaba tan sólo en mi alma.
—Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya.