La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles
EGURO de que los franceses habían tomado la dirección de Toro, me encaminé yo hacia el Mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que corre a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda la prisa que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas del alma, y a las ocho de la mañana entré en Aldea Tejada, después de vadear el Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares. Unos aldeanos dijéronme antes de llegar allí que no había franceses en los alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete Carreras y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos ingleses.
—Cerca están los míos —dije para mí, y tomando algo de lo necesario para sustentarme seguí adelante.
Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré la vanguardia inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las diez de la mañana.
—Un caballo, señores, préstenme un caballo —les dije—. Si no, prepárense a oír al señor duque… ¿Dónde está el cuartel general? Creo que en Bernuy. Un caballo pronto.
