La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar, porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé rápidamente diciendo: «¿quién está aquí?».
Ya despierto, grité a mi asistente:
—Tribaldos, levántate y enciende luz.
Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño. Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son indudablemente las fantasmagorías del sueño) había hecho el más común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso yo y tú suele presentarse también cuando estamos despiertos.
Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche fue interrumpido por fuerte algazara de gentes, coches y caballos.
—Mi comandante —dijo Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el aire a un lado y otro— esos pillos no quieren dejarnos dormir esta noche. ¡Afuera, tunantes! ¿Pensáis que os tengo miedo?
—¿Con quién hablas?