La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes los que de tal modo atruenan la casa? Pues son cómicos, señor, unos comiquillos que van a Salamanca para representar en las fiestas de San Juan. Lo menos conté ocho entre damas y galanes, y traen dos carros con lienzos pintados, trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y mojigangas. Buena gente… El ventero les quiso echar a la calle; pero han sacado dinero y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo, les tratará como a duques.
—¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que hormiguea en el mundo.
—Si yo fuera D. Carlos España —dijo mi asistente demostrándome los sentimientos benévolos de su corazón— cogería a todos los de la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les arcabuceaba.
—Tanto, no.
—Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada mujer la María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué talento hacía él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mío, y no es tierra de bobos, también.