La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles
L hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos procuraron calmarme.
—Otra vez le empieza el delirio —dijo Juan de Dios.
—Yo he sido la causa de esta alteración —dijo miss Fly muy afligida.
Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera.
—El pobre Sr. Araceli —dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso— se volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él.
—Callad, hermano, y no digáis tonterías —dijo miss Fly cubriendo mis brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente—. ¿Qué habláis ahí de demonios?
—Sé lo que me digo —añadió el agustino, mirándome con profunda lástima—. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica… Lo he visto, lo he visto.
Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos.
