La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Pues sí, ella misma ha sido —contesté con serenidad imperturbable.
—¡Ella misma!… ¡Y lo confiesa! —exclamó entre suspensa y aterrada.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo no sabía qué decirle. Pero la verdad salía en onda impetuosa de mi corazón a mis labios. Mentir, fingir, tergiversar, disimular era indigno de mí y de ella. Incorporándome con dificultad le dije:
—Yo te contaré muchas cosas que te sorprenderán, querida mía. Demos tú y yo las gracias a esa generosa mujer que me recogió de entre los muertos en el Arapil Grande, para que no te quedases viuda.
—En marcha, vamos —dijo la condesa entrando de súbito e interrumpiéndome—. En esta litera irás bien.