La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el negro… Buena pieza, piensas que me casaré contigo, con un perdido, con un bribón… Te cuidaremos, y luego que estés bueno te marcharás con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces.
Quería ponerse seria, y casi, casi lo lograba.
—No me marcharé, no —le dije—, porque te quiero más que a las niñas de mis ojos; me has enamorado porque eres una criatura de otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a las personas) da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde jamás llega la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora, seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago, acometeré las empresas más absurdas, mataré a medio mundo y me comeré al otro medio.
—Si piensas embobarme con tales tonterías… —dijo sin quererse reír pero riendo.