La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —No es el señor lord muy amigo de la Constitución de Cádiz —dijo D. Julián Sánchez, que a derecha mano de D. Carlos estaba—; pero a nosotros ¿qué nos va ni qué nos viene en esto? Derrotemos a Marmont y vivan todos los milores.
Los jinetes rojos llegaron hasta nosotros, y su jefe, que hablaba español como Dios quería, cumplimentó a nuestro brigadier, diciéndole que su excelencia el señor duque de Ciudad-Rodrigo no tardaría en llegar a Santi Spíritus. Al punto comenzamos a levantar el arco con ramajes y palitroques a la entrada de dicho pueblo, y vierais allí que un dómine del país apareció trayendo unos al modo de tarjetones de lienzo con sendos letreros y versos que él mismo había sacado de su cabeza, y en las cuales piezas poéticas se encomiaban hasta más allá de los cuernos de la luna las virtudes del moderno Fabio, o sea el Sr. D. Arturo Wellesley, lord vizconde de Wellington de Talavera, duque de Ciudad-Rodrigo, grande de España y par de Inglaterra.