La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche que se inclinaba.
—Señora —grité con afán— procure usted salir. Agárrese usted a mi cuello… sin miedo. Si salta usted en tierra no hay qué temer.
—No puedo, no puedo, caballero —exclamó con dolor.
—¿Se ha roto usted alguna pierna?
—No, caballero… veré si puedo salir.
—Un esfuerzo… Si tardamos un instante los dos caeremos abajo.
No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos. Ello es que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso instinto, imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes ordinarios, y realiza una serie de admirables movimientos que después no pueden recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a entender, y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel grave compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra. Asido a las piedras la sostuve y me fue forzoso llevarla en brazos al camino.

—Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán —grité a mi asistente que había acudido en mi auxilio—, ayúdame a salir de aquí.