Marianela
Marianela —No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.
—Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.
—Que no señor —dijo Nela insistiendo con energía—. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo a hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.
—Todo sea por Dios… Vamos, que si cayeras tú en manos de personas que te supieran manejar, ya trabajarías bien.
—No, señor —repitió la Nela con tanto énfasis como si se elogiara—; si yo no sirvo más que de estorbo.
—¿De modo que eres una vagabunda?
—No, señor, porque acompaño a Pablo.
—¿Y quién es Pablo?
—Ése señorito ciego, a quien usted encontró en la Terrible. Yo soy su lazarillo desde hace año y medio. Le llevo a todas partes; nos vamos por esos campos paseando.
—Parece buen muchacho ese Pablo.
La Nela se detuvo otra vez mirando al doctor. Con el rostro resplandeciente de entusiasmo, exclamó:
—¡Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. ¡Pobre amito mío! Sin vista tiene él más talento que todos los que ven.
—Me gusta tu amo. ¿Es de este país?