Marianela
Marianela Prosiguen las tonterías
Al día siguiente, Pablo y su guía salieron de la casa a la misma hora del anterior; mas como estaba encapotado el cielo y soplaba un airecillo molesto que amenazaba convertirse en vendaval, decidieron que su paseo no fuera largo. Atravesando el prado comunal de Aldeacorba, siguieron el gran talud de las minas por Poniente con intención de bajar a las excavaciones.
—Nela, tengo que hablarte de una cosa que te hará saltar de alegría —dijo el ciego, cuando estuvieron lejos de la casa—. ¡Nela, yo siento en mi corazón un alborozo!… Me parece que el Universo, las ciencias todas, la historia, la filosofía, la Naturaleza, todo eso que he aprendido, se me ha metido dentro y se está paseando por mí… es como una procesión. Ya viste aquellos caballeros que me esperaban ayer…
—D. Carlos y su hermano, el que encontramos anoche.
—El cual es un famoso sabio, que ha corrido por toda la América, haciendo maravillosas curas… Ha venido a visitar a su hermano… Como D. Carlos es tan buen amigo de mi padre, le ha rogado que me examine… ¡Qué cariñoso y qué bueno es!
