Memorias de un cortesano de 1815

Memorias de un cortesano de 1815

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—¡Una calamidad! —exclamó Alagón con cierta somnolencia, arrellanándose en su sillón—. Dicen por ahí que Vallejo no sirve para el ministerio de Hacienda, porque ha derrochado su fortuna y la de su mujer.

—Y que administró detestablemente la fábrica de paños de Guadalajara.

—Y que es un ignorante aturdido. Digan lo que quieran, para ser ministro de Hacienda no se necesita ser una lumbrera, ¿no es verdad, Pipaón? Cobrar lo que le dan, entregar lo que le piden… Cuando no lo hay, ellos no lo han de sacar de las piedras…

—Y para echar contribuciones no se necesita ser un Séneca; ¿no es verdad, señor duque?…

—Si al menos lograran satisfacer las atenciones más sagradas… pero es calamitoso lo que pasa. El Tesoro privativo del Rey, aquel del que libremente y a su antojo dispone Su Majestad, no toma del Tesoro público todo lo que debiera tomar, porque las arcas están casi siempre vacías. Verdad es que los directores de loterías y otros empleados de Hacienda regalan a Su Majestad, bajo el pretexto de ahorros, grandes sumas, que si no…

—Aun así, este año van depositados en el Banco de Londres algunos milloncejos —dije con malicia.

—Poca cosa… —repuso con desdén el duque—. Gracias a que Su Majestad vive hoy con mucha economía… Ya sabe Vd. que ha dispuesto suprimir el regalo que antes se hacía a la servidumbre a fin de año.


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