Memorias de un cortesano de 1815
Memorias de un cortesano de 1815
ETENTE pluma… El otro alzaba del suelo a la pobre Presentacioncita, que al perder el equilibrio, y dar con su cuerpo en tierra, perdió también el conocimiento. Nos acercamos y el duque me miró con fijeza y malicia poniendo sobre los labios su dedo índice.
—¡Jesús… se ha desmayado! —balbució doña Salomé, examinando a su amiga que aún estaba en brazos del otro.
—Esto no será nada, señora… —exclamó el desconocido—. Señorita…
—El susto ha sido tan grande… —dije yo— y gracias a que no se atrevieron a seguirnos. ¡Pobres señoras, si hubieran venido solas!
—¿A dónde llevamos esto? —preguntó el compañero del duque, dando algunos pasos con la desmayada en brazos, tan sin trabajo cual si fuese una pluma.
Pareció perplejo el duque, y como no acertara a indicar una resolución conveniente, el compañero dijo:
—Vamos allá. Adelántate y llama.