Memorias de un cortesano de 1815
Memorias de un cortesano de 1815
L día siguiente oí a doña María quejarse de la profunda distracción de Presentacioncita, de sus nerviosidades y palideces, del trastorno muy visible que en sus maneras y lenguaje se había verificado, lo que acabó de confirmar mi creencia respecto a la veracidad de la niña en las confianzas que me hiciera. Llegada la noche, acudí a la segunda cita y pareciome que se habían agravado en la hermosa muchacha los síntomas de exaltada y febril pasión.
—¡Cuánto ha tardado Vd., D. Juan! —me dijo reconviniéndome.
—He venido a la hora marcada, incomparable niña —repuse—. Si Vd. se ha anticipado, no me acuse de tardío. Y ¿qué tal? ¿Se ha meditado mucho? ¿Cómo está esa preciosa cabeza? ¿Se ha serenado, se ha aclarado ese entendimiento?
—He pensado mucho en ello, Sr. D. Juan —exclamó con abatimiento—, y mi mal no tiene remedio.
—¡Que no tiene remedio! Eso lo veremos más adelante. Pero por de pronto, dígame Vd. su parecer acerca de la entrevista amistosa.
Contestome con hondo suspiro.
—La entrevista amistosa serviría tan sólo para aumentar mi desgracia. Déjeme Vd., Pipaón, déjeme Vd. Ni su amistad me sirve de nada ni quizás la merezco tampoco… me moriré sola.