Memorias de un cortesano de 1815

Memorias de un cortesano de 1815

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Esto me daba aliento, y no me acostaba ninguna noche sin pensar, al persignarme, en las dulzuras de la anhelada canonjía del Consejo. Crecía mi favor como la espuma, y a los comienzos de 1815 pude pasar del cuarto del príncipe al del Rey, que era el Olimpo de la cortesanía, y trabar comercio más íntimo con personajes del mayor prestigio y que, al decir de las gentes, traían en los cinco dedos de su mano toda la grandeza del reino, del cual eran árbitros, sin dar de ello cuenta al Dios ni al diablo.

Impulsome por estos excelsos caminos la amistad que en Octubre de 1814 contraje con un hombre que en aquella época comenzaba a ser poderoso, y después lo fue en tan alto grado, que siendo su nombre D. Antonio Ugarte, el vulgo le llamaba Antonio I, para significar un poder, grandeza y predominio que al del mismo monarca se igualaba.

¿Y quién era Ugarte, quién era ese hombre poderoso, que por algún tiempo dispuso del Tesoro de la nación, y tuvo a sus pies a todas las eminencias civiles y militares, y dio que hablar dentro y fuera de España casi tanto como Godoy en el reinado de Carlos IV? —Pues era simplemente un maestro de baile.

Hombre tan insigne merece capítulo aparte.


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