Memorias de un cortesano de 1815

Memorias de un cortesano de 1815

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La figura de mi D. Antonio no revelaba entonces su antiguo oficio de maestro danzante, ni tenía la ligereza que arte de tantos vuelos exigía: era bastante obeso y de procerosa estatura, rostro de satisfacción, doble barba con mucha enjundia, ojos muy móviles y una sonrisa más bien esculpida que pintada en su rostro, por la fijeza de ella y por lo que acompañaba a todas sus palabras. Ponía semblante afectuoso a chicos y grandes, y con todos aparecía obsequioso y servicial, aunque después no lo fuese. Tenía suma destreza para resolver en todo; respondía siempre a medida, sin decir ni más ni menos de lo necesario; disimulaba sus proyectos con discreción excelsa, a prueba de ajena perspicacia; jamás emitía ideas exageradas, sino, por el contrario, era juicioso, y en sus conversaciones sobre fútil política, siempre daba la razón a su interlocutor; hablaba con veneración del Rey, guardando prudente silencio sobre la dominación francesa, y no insultaba jamás a los vencidos, sin duda por la consideración de que podían ser vencedores. Cuando nombraba a alguno de los personajes desterrados o presos, decía mi desgraciado amigo Fulano de Tal, y a todos los hombres de viso que entonces privaron les sahumaba[2] con muchos elogios en presencia y ausencia.




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