Mendizábal
Mendizábal Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto, cogió la pizarrita en que anotar solía las obligaciones perentorias del día siguiente, ya fuesen políticas, ya del orden familiar y privado. Media pizarra estaba escrita ya con diversos recordatorios de varia importancia: «circular intendencias… ver Argüelles, proyecto electoral… recuento de frailes… relaciones de monjas… escribir Duque de Broglie…». Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó debajo: «Asunto Negretti… Din. jor. (que quería decir: mandar dinero a la jorobada)».
Guardó unos pasteles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en el bolsillo; tiró de la campanilla. El sonido lejano de esta produjo la aparición de un portero que surgió de entre los pliegues de la cortina. «Mi capa… el coche» dijo Su Excelencia dando pataditas en la alfombra, que aún era de verano. Se le habían enfriado los pies, calzados con zapatito mujeril.
Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de San Miguel. Durmió mal. Volteaba el cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se enlazaban como queriendo formar una trenza: «Ley electoral… ¡Pobre Negretti!… La guerra… ¡Pero esa niña, esa fastidiosa niña… esa guerra, esa maldita guerra!…».