Mendizábal
Mendizábal —No cuento con esos… Ofreció apoyarme… vuelvo a decirlo, quien menos puede sospechar… En este juego de la política, los extremos se tocan. Pues me apadrina D. Francisco Martínez de la Rosa, es decir, prometió hacerlo… en virtud de concesiones mutuas que acordamos en Tepa, interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por nosotros, mi amigo Palarea.
—Ya… comprendo… Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha escrito… Lo ignoro: si algo supiera se lo diría, pues en ello no veo deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de D. Francisco; y si D. Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio.
—¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato…?
—No sé nada. Es hombre muy reservado.
—Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos anilleros nos engañan. Siempre han sido lo mismo. Cuando están fuera del poder, nos buscan, nos agasajan, se arriman a la exaltación… Otra cosa: ¿No recuerda usted si entre las recomendaciones de candidatos, que hace diariamente este buen señor a Don Martín de los Heros, ha ido mi nombre?
—Tampoco lo recuerdo.
—Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra cosa de quien no tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él como a Becerra les trata este señor como a criados.