Mendizábal
Mendizábal —Sale a su madre, que era una divinidad —dijo el gran Mendizábal. Y se le encandilaron los ojos cuando repitió—: Es preciosa la niña…
—Pero muy revoltosa, señor… el carácter más desconcertado que Vuecencia puede imaginar.
—Tiene a quien salir… Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo su dinero… No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía, y con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante su menor edad… Ello es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder de los Zahones, de quienes tengo malas noticias.
—Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento que percibe la urraca de Doña Jacoba.