Mendizábal

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—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y abanicos… En fin, no sé… El motivo de buscarle con tanta prisa es porque usted trajo un encargo para la Zahón.

—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.

—Pero va de orden suya el Sr. Maturana, no sólo por el gusto de verle a usted, sino por llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera con la cajita Doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito será de valor, no tiene el Sr. D. Fernando más remedio que hacer la entrega por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.

—Eso no… Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo…

—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que hay en la casa.

—No soy aficionado…

—Eso se verá… cuando lo vea… Hay brillantes, perlas, corales, de los que pintan los poetas…

Y sin decir más, dio dos palmadas a Don Fernando, despidiéndose con palabras de premura: «Con Dios… Hago falta dentro… Mucha gente, y alguna no de lo mejor».


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