Mendizábal
Mendizábal —De lo que usted nos ha contado, por cierto muy bien —dijo Calpena, que había oído con deleite—, se saca la consecuencia de que hay objetos inanimados, cuya historia es más interesante que la de muchas personas.
—Eso, admitiendo que sean verdad todas esas traídas y llevadas del abanico —observó la Zahón, escéptica, desdeñosa, pues no le gustaba que su colega supiese más que ella en tales materias—. No se fíe, D. Fernando, que este Maturana le compone su historia a cada pieza que vende, forma especial suya de hacer el artículo.
—En esto —dijo Maturana riendo—, me ganaba su marido de usted, Jacoba. Recuerdo que tuvo una pareja de diamantes, que había sido del Tamerlán, después de Antonio Pérez, y últimamente de Godoy… Ya se sabe: todas las joyas de precio que han salido a la venta del año 8 acá, se le han colgado al pobre D. Manuel.
—Pues ese abanico —afirmó la Zahón displicente y maligna, entornando los ojos— no se vende en España, tal como están hoy las cosas, aunque lo adornen con más historias que tiene el Cid.