Mendizábal
Mendizábal No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación preliminar; sólo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de una semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había hablado largamente con Milagro y Maturana, los cuales, lejos de aclarar el enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas obscuridades… Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas, trató de hacer cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado patrón resultó inútil, bien porque nada de lo substancial sabía, bien porque quisiera echárselas de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por la apremiante argumentación de D. Pedro, no se le ocurría más que remitirle a Edipo y al Sr. de Azara. Salía D. Pedro al ojeo del polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo Edipo le decía: «Sr. de Hillo, estoy muy a gusto en mi colocación y no quiero perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis candados que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan cesante, no será usted quien me coloque. Con que déjeme en paz y llame a otra puerta». Y D. Manuel de Azara, hombre más avinagrado y de mejores despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo indiscreto.
